lunes, 29 de noviembre de 2010

Objetivo


Deseo, deseo, dulce veneno, camino inevitable hacia la muerte y el dudoso premio en nuestro lecho final, tal vez, de cargar con la esquiva satisfacción de haber recorrido un largo camino y una vez allí, uf, la inmensa probabilidad de no haberlo conseguido, al menos en todo el gran conjunto de su idealización. Esto será así si se nos antoja ponernos pesimistas. Si somos optimistas insistiremos hora tras hora, día tras día sobre la idea, y obviamente sobre la acción, de que para lograr algo , por lo general, hay que ser consecuentes e incluso, si tenemos la mala suerte, obsecuentes como una mula blanda, portar las orejeras de un caballo, atravesar un largo camino de flores y espinas, soportar mezquindades, humillaciones, injusticias, aguantar, en fin, a fulanos y a menganas despreciables pero, también, sonrisa, la posibilidad de disfrutar de las sorpresas y las pequeñas pero importantes pautas que nos señalan que estamos yendo por la senda correcta. La meta puede materializarse en un viaje, una suma de dinero, en un amor correspondido. Puede ser una casa, un coche o un lavarropas, depende de quien. De todos modos, eterno retorno, si volvemos a ponernos pesimistas tendremos en cuenta que alguien puede desear algo hasta sus últimas consecuencias y aún así las cosas siguen sin llegar al buen puerto de un resultado correcto. Tal vez la raíz sea una proyección equivocada de uno y/o del plan. O tal vez, en ciertos casos, tenga que ver con la maldad, o la torpeza, y algo, alguien, una entidad etérea que camina por las nubes allá arriba no permite que el hambriento esperanzado se salga con la suya. Revuelvo con pocas ganas algunos cables en mi cerebro y los coloco sin ninguna dirección particular, me pongo por enésima vez en la piel de un tibio anarquista y me olvido de todo tipo de ideologías. Veamos lo que me dice el azar : Hitler y Stalin, dos obviedades indispensables a la hora de hablar del mal, lo sé, querían dominar el mundo y terminaron suicidándose el primero en un agujero bajo tierra de Berlín y el segundo, dicen, envenenado por su mano derecha. Rodriguez Zapatero, a quien algunos ilusos un poco fanáticos todavía admiran ciegamente, quiso emular con todas las fuerzas de su alma extemporánea el mensaje hippie , un mensaje importado de paz, amor y justicia económica y social bastante hipócrita ( solo hay que ver como vive él y su familia y como viven los ricos y los pobres en la “Madre Patria”), aggiornado a una actualidad esquiva que terminó arrastrando a España a una de las peores pesadillas económicas de la que pueda hacer acopio en su larga y convulsionada memoria. El gran sueño del cínico Humbert Humbert era dejar embarazada a Lolita para que ésta tuviese a otra Lolita y ésta, a su vez, a otra Lolita, un cúmulo de nínfulas a su disposición que se sucederían hasta los últimos días de su vida sexual. Y, ficción al fin y al cabo, el maduro despechado y su humor particular terminaron encerrados para siempre en una cárcel para loquitos peligrosos con el aditivo posterior de una trombosis coronaria. El Potro Rodrigo , un buen tipo atontado por las luces de las bailantas, quería ser el cuartetero mas grande del país y terminó reventado en una ruta. Un cadete quiere ser jefe pero termina sus días lleno de deudas. Un gran león corre a una velocidad pasmosa bajo el cielo prístino de una primavera africana con la intención de devorarse a un búfalo distraído pero es interceptado por una bala que pondrá fin a su vida. Un tiburón quiere comerse a un pez pequeño, indefenso, pero en el trayecto su corazón es atravesado por un arpón imprevisto.Causalidades. Casualidades. Deseo,deseo, cuales son mis deseos? No son muy complicados, creo; comento algunos : llevarme cada vez mejor con mi mujer, con mi familia, con la gente que me rodea, poder vivir, por fin, de mis múltiples talentos. Algún día me gustaría ampliar mi casa y después, otra vez, partir para escribir una nueva novela, pero en Venecia. Y sé que para eso a veces tendré que agachar en sueños la cabeza, moverme por aguas turbulentas, soportar a un montón de insoportables. A menudo pienso que, sin pretender el nirvana, la quietud es el mejor antídoto para este veneno pero el movimiento, de un modo u otro, se torna indispensable. A fin de cuentas de todo eso se trata, pero eso mejor lo vemos en el próximo post.

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